Del amor y otros atropellos


Dos cuerpos



Se agita el día, y sobre la cama aún se puede percibir el vapor que se desprende de los cuerpos allí tendidos, entrelazados azarosamente por las manos del sueño. La piel parece no tener límites, como si fuese solo uno el cuerpo que allí reposa, dotado del doble de cualidades. El lomo unificado se ondula al ritmo de la respiración, parece calmo. Está exhausto.
Los ojos se abren, encontrando la piel desnuda. Un rubor tímido abraza los rostros. El aroma a incienso ya consumido, sudor y sexo inunda el cuarto. Todo se reduce a estas cuatro paredes, a lo que contienen. Al otro lado de las ventanas, el mundo permanece gris e indiferente, un Guernica con pulso, una batalla de luces y sombras. Mientras tanto, los cuerpos descansan enredados en un nudo indisoluble, unidos por el sudor y los fluidos secos a los lados de las bocas exhaustas. Se aman entre sueños, tantean la tibieza del sexo ajeno bajo los velos soñolientos que cubren la razón. Los cuerpos siguen copulando aún dormidos, movidos por el deseo de sentirse uno dentro del otro, como un retorno al estado primario de la vida, donde todo era humedad y bienestar, donde no había por qué temer.
Toman el bocado con la lengua, sienten su sabor, y lo dejan escurrir por las comisuras. El ser entero se agita en sus bocas, con la lascivia desbordando por los poros.
Los ojos, vastos horizontes acuosos, salados, recorren las dunas de piel ondulantes sobre las sábanas. El cortejo no acaba jamás. Se buscan, se presienten, vuelven a tocarse. El orgasmo es contenido y liberado, otra vez contenido y vuelto a liberar, en una procesión inacabable de placeres compartidos, obsequiados, desmenuzados por los amantes. Las horas naufragan inconsistentes en torno a ellos. Nada les urge, el tiempo es solo presente; la vida se detiene más allá de sus cuerpos, más allá de este cuarto alquilado.
La luz parpadea en el techo, los muros contiguos susurran obscenidades. ¿Existen acaso otros mundos fuera de este? Tal parece que si, y son tan delgadas las barreras entre ellos que los límites se confunden, y así los sonidos emitidos en uno llegan a percibirse en otro. Esos muros lascivos ahora tiemblan con un pulso acelerado y confuso; el temblor de otros amantes se confunde con el de ellos, y se quedan oyendo, desnudos, recostados sobre su sudor, empapando las sábanas. Sonríen porque conocen aquellos sonidos paridos desde las entrañas, sonríen porque acaban de experimentarlos subiendo por sus cuerpos, por sus gargantas, hasta derramarse en el aire, con un aroma único e inagotable. Ahora las manos recobran el movimiento lentamente, ahora los otros mundos se funden en la nada, el único que sobrevive, el único que existe, es el propio. Los muros enmudecen; la cama se inunda con jadeos una vez más.