Crónicas desde el Borda


Libertad, igualdad y fraternidad son consignas que perduraron en el tiempo. De las tres, la que no pudieron negarnos es la fraternidad, porque depende de nuestra voluntad ejercerla, estar con los otros, en grupo, hacer realidad lo plural para resistir cualquier tipo de opresión. Y desde ese lugar, fluye modestamente la libertad como fruto del accionar solidario: la libertad de hablar, de reír, de bailar, de sacar hacia fuera lo que somos. La fraternidad también implica poner de manifiesto nuestra vocación por la igualdad, pues no hay fraternidad vertical. La fraternidad es horizontal por definición, dar y recibir, y más recibir que dar, porque ahí está la belleza.
Ramiro Ross no cuenta la experiencia fraternal en el Hospital Borda, un manicomio de varones. Al lado, separado por el muro, está el de mujeres.
Y el vehículo nucleador ha sido la radio, la amada radio que es capaz de superar distancias mágicamente. Una radio que se llamó “Babel”, quizá para demostrar que no hay barreras para el entendimiento humano cuando se está dispuesto a escuchar diversos lenguajes, comprender el significado de los silencios, de los balbuceos, del mensaje de la música, de los dibujos, de las miradas, del abrazo.
Los internos del Borda están allí porque la sociedad necesita que los que no se adaptan al sistema sean recluidos para que los “adaptados” pueden exhibir su cordura que no es otra cosa que domesticación. Si tuvieramos que definir qué es ser “normal” o “cuerdo” estaríamos en un verdadero enredo, porque vemos todos los días cómo las personas “normales” encumbrados en el poder dominan a los otros por medio de la fuerza, la miseria y la muerte.
Los relatos de Ramiro Ross más que leídos se miran, pues sintetizan en un pantallazo los dramas humanos: la muerte voluntaria como protesta por la vida negada; el empecinamiento en conservar la vida, entre fantasías y realidades, que componen una identidad singular.
Estos relatos nos muestran el rechazo a la mentira del poder de un colimba que mantiene su sentimiento patriótico; la creación como patrimonio indestructible, aunque al autor del Eternauta le quiebren la cabeza con electroshock; al autor de un crimen que ve sus actos como un espectador; al que sigue reclamando por las preguntas nunca contestadas en la infancia; al hombre que cobra caro la violación de su mujer; a la madre amorosa.
Y ese grupo de visitantes que como María del Carmen Goria actúa también como madre amorosa, son los amigos de los sábados, los compinches para armar el programa de radio, aplaudiendo a los que hacen música, a los que se equivocan al hablar, a los que protestan con vehemencia por el abandono y por los derechos vulnerados… pese a que se encuentran en Babel.
Y logran hacer una formidable denuncia que, como siempre, será escuchada solamente por otros como ellos, que consideran la dignidad de la resistencia como el punto de partida de la organización fraterna, que es lo que más temen los enemigos de la vida.

Mirta Mántaras
Abogada de Derechos Humanos. Periodista.
Autora de “Caso Carrasco: un pacto de silencio” y “Genocidio en Argentina”.