cementerio II


Cementerio II




A Nuestro infatigable
y acorazada unión del futuro en el ayer.

El cementerio, recuerdo de un amor perpetuado por los astros y el hollín asfáltico, que recorre memorias y registros intespectivos, por el incierto camino transitado, en alguna era y por esa turbia ciudad. Que deambula solo y en mala compania por la piel en cada poro de sudor de piel adormecida, que se esta aun gestando sin saber precisamente que ha devenir. Un ciclo de fanfarrias gitanas echadas a la suerte de las visiones mundanas, chasquidos de mejillas de esta anónima llamada tierra santa.
Cementerio, en las tardes, algo de gloria maestra, única por haber enseñado corte, confección, memoria y ruleta; entre las melodías armoniosas que proveen a la atmósfera de las flores, el respiro de un simple consuelo por ese amor que aun en la suerte os tiene preso. Intrínseca respiración de un otro consuelo, a tierra firme,
En la que ningún gusano humano podrá estar vivito y coleando. Donde, alcanzará nunca jamás, disfrutar de la caída de sol si la muerte no lo encontró con una sonrisa plena de cruda perduración. A la pendiente del sol, umbral en el cual se refractan los espejos del alma, a la espera del cenit vibrante como la locura de la ceguera diurna, hecha cenizas, en botellas de plástico duro. Un jazmín que se relame ante tanta bravía soledad de un campo sin techo, más que el del cielo, como si fuera un recuerdo añejo de la angustia y la alegría de este fin, que se retira más sin fingir bien por dentro.

Sin fingir,
Bien por dentro,
Su careta de albañil desmehonrado,
Por un pueblo indiferente,
Lleno de opiniones de las gentuzas de ese centro des-almado,
Preocupado por rendir,
Ningún examen,
Ante el santo Dios,
Ni arrepentir,
Haberse entregado,
Y no poder elegir
Morir libre,
Si no mas que atados de pies y manos,

las acacias gimen a unos metros,
antes de llegar,
una capilla y un convento;
el silencio de un pibe entristecido por el espejismo solar de la ruta,
ese pibe se acerco y me dijo: “ usted fue aquel niño, en que esa noche movió las patas y esquibo las balas entre los cercos de carmines?

Suelto por el aire
Y balanceando mi tristeza de plegaria, Le respondí: Ese era mi ángel con el que en algunas lunas
Compartía la esperanza,
De no perder ni los a los ponchazos esa infancia,
Ayer vivida, hoy tan dolida, algo olvidada,
Donde entre tantos garabatos y pedaleadas,
Escribiría la proeza,
de que un día ese aliento verbo me llevaria, no muy lejos
De esta fiel morada,
Donde… recordas? En algún misterio nocturno, ensoñamos; con mi dulce amada,
Ser ambos, uno invisible, indivisible, amor único e irrepetible.

contador, él.

1 comentario:

Sebastián Matías Oliveira dijo...

curlos dorados ladron?
eso es mio!

no va con el estilo de mariano quiroga
!