No hay verguenza que Milena presenta este asunto


El libro de Mikel Aboitiz "Contar hasta diez mintiendo", coeditado por No Hay Verguenza Ediciones - )el asunto( y milena caserola, aquí un anticipo.

Luz azul

1.

LYUDMILA Había hecho lenguado a la normanda con papas. Cuando lo sacó del horno, se dio cuenta de que había encogido mucho y que no alcanzaría para todos. Sin decidirlo conscientemente, servía el pescado en dos platos y las papas en los otros tres. Los repartía esperando que nadie se diera cuenta. Los platos de pescado se los servía a Dmitri y a Stèpan. Estaban cenando y todos miraban para abajo, menos Dmitri y Stèpan que se miraban a los ojos mientras se sacaban espinas de la boca. Sus cabezas se iban agrandando y agrandando. Miraban un documental en la televisión sobre un grupo de delfines. Uno de ellos se había extraviado del grupo y en un momento, ella se giró para decirle algo a Dmitri y se dio cuenta de que ya no estaba. Los demás tampoco estaban. En la televisión se veía una imagen fija de una familia comiendo. La televisión ya no estaba. Ella estaba nadando, era un delfín, pero su cuerpo era un cuerpo humano normal, desnudo. El agua estaba muy fría y la hacía temblar. El sentimiento de perdición y desarraigo era inmenso. Cuando despertó, Dmitri ya no estaba en la cama. Por unos segundos el miedo se prolongó a la vigilia, como si se hubiera extraviado de verdad y para siempre. Lo encontró de pie contra la ventana, mirando hacia fuera, pensativo. La ventana estaba abierta y entraba una brisa fría y el sonido del río.

LA NIÑA

Era un día de verano en la playa. Tenía las manos todas llenas de arrugas por el agua. Entraba y salía del mar con una amiga del cole, jugaban en la arena o saltaban de palito desde un muelle. Cuando salían del agua sentían el sol que las quemaba con fuerza y volvían corriendo, salpicándose entre sí y riendo. Jugaban a hacer la plancha, viendo quién aguantaba más tiempo sin hundirse. Después ya no se hundían, se quedaban haciendo la plancha por un montón de tiempo. Su compañera ya no estaba, estaba ella sola que flotaba cada vez más lejos de la orilla, pero no se asustaba. Levantando un poco la cabeza, veía cómo las dunas de arena y el muelle eran cada vez más chiquitos, hasta que ya no se veían, y ella flotaba con felicidad hacia la parte profunda. Se puso boca abajo, animándose a abrir los ojos adentro del agua. En el fondo del mar, se sucedían historias de peces que hablaban y sonreían, de caballitos de mar con montura y riendas, que eran montados por otros animales que también hablaban, sonreían y reían. Todos hablaban cantando. La canción simple y alegre le venía a los oídos desde todas las direcciones. Lo que veía en el ambiente azul era como un dibujito animado. Empezaron a aparecer sirenas que vivían en castillos de oro y arena. Después aparecieron los castillos. Mirando a las sirenas, era obvio quién era quién. Ahí estaba el príncipe, allá el rey y la reina, más lejos los súbditos, igualmente sonrientes. Miró a la princesa un rato, y después ella misma era la princesa, que nadaba y sonreía y hablaba cantando con el resto. Un pelo rubio y grande flotaba y se movía al ritmo de las corrientes marinas. Diferentes cosas pasaban una después de la otra, en diferentes lugares del palacio y del reino, con diferentes tipos de peces sonrientes y divertidos. Casi siempre estaban en el fondo del mar, donde estaban el palacio, los jardines, los campos. También había ríos, con orillas llenas de árboles. Unas filas de monos sonrientes, como de peluche, cruzaban saltando en dos patas, con las manos bien alto. Durante la noche se despertó dos o tres veces, muy sorprendida por el sueño. Nunca había soñado con tanta claridad, con tanta alegría, con tanta fantasía. Cuando se volvía a quedar dormida podía continuar el sinfín de historias subacuáticas. Pero después ya estaba el sol en la ventana llenando la pieza, mientras su mamá la despertaba con cariño, acariciándole el pelo. No se acordaba de que era sábado y pensaba que tenía que ir a clase. Llena de amargura, se sentó en la cama y miró su pieza y a su madre con una lástima enorme y cero ganas de vestirse y tomar el desayuno.