Un hosptal peor (cuento de Mariano Quiroga)






Los hospitales son lugares donde la muerte se vive a cada momento. Donde la gente la ve de cara a cara, y no le escapan.
Se les mete en el cuerpo y los doma. Desde la ventana de mi oficina se ven los internados de terapia intensiva. Les meten tubos y los limpian. Cuando queda una cama vacía en un hospital es porque el paciente se fue o se murió. Se van unos días a dormir tapados con sus sabanas de plástico negro a la heladera. Después el camión los viene a buscar y los lleva a pasear por la cuidad. Hasta que les dan tierra y nunca más nadie se acuerda de ellos.
La última vez que entre en el salón, era un montón de camas haciendo fila con hombres desnudos y entubados. Nunca antes había visto tanta gente desnuda y depilada toda junta. Las enfermeras, vestidas de verde, como si nada, paseaban regalando caramelitos de colores a los inmóviles moribundos. Todos sabemos en el hospital, que de terapia intensiva solo se sale a ver crecer las flores desde abajo.
Ahí estaba un Juan cualquiera con el tubo mas grande que haya visto, metido en la pija. Elefante moribundo. Atado a una maquina que lo mantenía vivo. Con ese tubo grueso como una lapicera. Desnudez y muerte. Pastillitas de colores. Las enfermeras indiferentes.
Hoy en mi ventana hay una cama vacía. La señora tenía una hija hermosa y llorona que la besaba y le agarraba las manos. Velorio adelantado en el hospital. En los pasillos se amontonan los médicos con el prontuario de los enfermos. Algunos están condenados a vivir enfermos. Pero son un número, cada día los cuentan y los analizan. Acostumbrados a la muerte, ya no se sonrojan los médicos ni los pacientes.
En las autopsias, como en las panaderías se preparan los chanchos, destripan a la muerte que se metió en el cuerpo. Seccionan, destruyen, analizan. El vicerador, segmenta, hace fetas de jamón cocido con la carne. En los hospitales, las malas noticias son como el pan. El dolor es cotidiano. La muerte es como el sol. Los dializados y los crotos se juntan en la misma mesa. Y no importa si tenes plata.
Todo esto es porque la gente tiene la costumbre de morirse y desmayarse. Agarrarse alguna enfermedad. Tiene la mala costumbre de envejecer y enfermarse.
Nos educaron para no mirar el abismo. Y morirnos sin haber muerto alguna vez en una esquina, de dolor o muerte, de frió al menos. Morir, después de transcurrir 80 años, en un devenir absurdo. Absurda flor. Absurda fruta. Los médicos dan las muertes como noticias radiales. Pero no hay otra forma. La muerte esta viva rondando los muros azulejados de los hospitales.
Es un lugar donde uno puede llorar sin ser visto. Pero no importa donde ni como ni cuando, todos somos anónimos, extraños y olvidados. Y el mundo es un hospital peor.




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